A pesar del desagradable comienzo del día anterior, por la mañana, cuando brillaba el sol y una vez instalada allí, Tess se sintió inclinada a valorar la libertad y la novedad de su nuevo puesto; y tenía curiosidad por poner a prueba sus aptitudes en la inesperada dirección que se le pedía, para así cerciorarse de sus probabilidades de conservar el empleo.
En cuanto se vio sola dentro del jardín amurallado, se sentó en un gallinero y frunció seriamente los labios para ensayar aquella práctica largo tiempo olvidada. Descubrió que su antigua habilidad había degenerado hasta producir tan solo un sordo soplo de viento a través de los labios, sin emitir nota clara alguna.
Ella siguió soplando y soplando en vano, preguntándose cómo había podido perderle tanto el truco a un arte que le había venido de forma natural, hasta que advirtió un movimiento entre las ramas de hiedra que cubrían tanto el muro del jardín como la casita.
Mirando hacia allí, vio una figura que saltaba desde la albardilla hasta el arriate. Era Alec d’Urberville, a quien no había vuelto a ver desde que la condujo el día anterior a la puerta de la casita del jardinero donde se hospedaba.
—¡Por mi honor! —exclamó él—, nunca ha habido antes en la Naturaleza ni en el Arte una cosa tan hermosa como lo que pareces, prima Tess.
(El término «prima» tenía un tenue eco de burla).
—Te he estado observando desde el otro lado del muro: sentada como la Im-paciencia en un monumento, con esa bonita boca roja haciendo pucheros en forma de silbido, y soplando y soplando, y maldiciendo en secreto, y sin ser capaz jamás de sacar una nota. Vaya, estás de lo más enfadada porque no te sale.