A medida que avanzaba en coche por el valle de Blackmoor y el paisaje de su juventud empezó a abrirse a su alrededor, Tess se sacudió de su estupor.
Su primer pensamiento fue: ¿cómo sería capaz de enfrentarse a sus padres?
Llegó a una puerta de peaje situada en la carretera que iba al pueblo.
La abrió un desconocido, no el anciano que la había custodiado durante muchos años y a quien ella conocía; probablemente se había marchado el día de Año Nuevo, la fecha en que solían hacerse esos cambios.
Como no había recibido noticias recientes de su hogar, le pidió novedades al empleado del peaje.
—Oh—nada, señorita —respondió—. Marlott sigue siendo Marlott. Ha muerto gente y eso. John Durbeyfield, también, ha casado a una hija esta semana con un granjero acomodado; no desde la propia casa de John, sabe usted; se casaron en otra parte, siendo el caballero de tan alta alcurnia que la propia familia de John no se consideraba con bastante buena posición para tomar parte en ello, pues al novio no parecía constarle cómo se había descubierto que el propio John es un viejo y antiguo noble por sangre, con osamentas familiares en sus propios panteones hasta el día de hoy, pero despojado de sus propiedades en tiempos de los romanos. De todos modos, sir John, como lo llamamos ahora, celebró el día de la boda lo mejor que pudo, invitó a todo el mundo en la parroquia, y la mujer de John cantó canciones en La Gota Pura hasta pasada las once.
Al oír esto, Tess sintió tal decaimiento en el alma que no pudo decidirse a volver a casa públicamente en el carruaje de alquiler con su equipaje y sus