—¿Terminado? —dijo, con una mueca desalmada en la palabra.
—Nada intencionadamente. Pero usted ha sido el medio —el medio inocente— de mi recaída, como lo llaman. Me pregunto si soy, en verdad, uno de esos «siervos de corrupción» que, «después de haber escapado de las contaminaciones del mundo, se enredan de nuevo en ellas y son vencidos», cuyo postrer estado viene a ser peor que el primero.
Él puso la mano sobre el hombro de ella.
—¡Tess, muchacha, iba camino de la salvación social, al menos, hasta que volví a verte!
dijo, sacudiéndola con capricho, como si fuera una niña.
—¿Y por qué me has tentado entonces? Fui tan firme como un hombre puede serlo hasta que volví a ver esos ojos y esa boca; ¡ciertamente jamás hubo boca tan enloquecedora desde la de Eva!
Su voz bajó, y una ardiente picardía brotó de sus propios ojos negros.
—Tentadora Tess; querida y condenada bruja de Babilonia, ¡no pude resistirme a ti en cuanto volví a encontrarte!
—¡No pude evitar que volvieras a verme! —dijo Tess, retrocediendo.
—Lo sé; repito que no te culpo. Pero el hecho sigue ahí. Cuando te vi maltratada en la granja aquel día, estuve a punto de enloquecer al pensar que no tenía ningún derecho legal para protegerte —que no podía tenerlo—, ¡mientras que quien lo tiene parece descuidarte por completo!