dirección a la Colina del Gigante, junto a Abbot’s-Cernel, se desvanecía, la pálida luna de la estación se asomaba por el horizonte situado hacia Middleton Abbey y Shottsford, al otro lado. Durante la última hora o dos, Marian se había sentido inquieta por Tess, a quien no había podido acercarse lo suficiente para hablarle, pues las demás mujeres habían reanimado sus fuerzas bebiendo cerveza, mientras que Tess se había abstenido por un temor atávico, debido a las consecuencias que esta tenía en su hogar durante su infancia. Pero Tess aun así seguía adelante: si no cumplía con su parte tendría que irse; y esta eventualidad, que uno o dos meses antes habría considerado con ecuanimidad e incluso con alivio, se había convertido en un terror desde que d’Urberville había empezado a rondarla.
Los trilladores y los alimentadores habían bajado tanto la parva que la gente en el suelo podía hablar con ellos. Para sorpresa de Tess, el granjero Groby se subió a la máquina para decirle que, si deseaba reunirse con su amigo, él no quería que continuara por más tiempo y enviaría a otra persona a tomar su lugar.
El «amigo» era d’Urberville, ella lo sabía, y también que esta concesión le había sido otorgada en respuesta a la petición de dicho amigo, o enemigo. Ella negó con la cabeza y siguió trabajando con esfuerzo.
Llegó por fin el momento de la matanza de ratas, y dio comienzo la cacería. Los animales habían ido descendiendo al compás del menguante almiar hasta quedar todos juntos en el fondo; y, al verse descubiertos de su último refugio, corrieron por el terreno despejado en todas direcciones, mientras un fuerte grito de Marian —a estas alturas ya medio borracha— anunciaba a sus compañeras que una de las ratas se le había metido encima, un terror contra el cual el resto de las mujeres se había resguardado mediante diversos ardides de faldas remangadas y elevación personal.