Había encargado por carta un carruaje en el pueblo más próximo, y poco después de desayunar llegó. Ella vio en él el principio del fin—el fin temporal, al menos, pues la revelación de la ternura de él por el incidente de la noche avivaba sueños de un futuro posible a su lado. El equipaje fue colocado arriba, y el cochero los alejó, expresando el molinero y la vieja criada cierta sorpresa ante su precipitada partida, la cual atribuyó Clare al descubrimiento de que la maquinaria del molino no era del tipo moderno que él deseaba investigar, afirmación que era cierta hasta cierto punto. Aparte de esto, no había nada en la manera de su marcha que sugiriera un fracaso, o que no fueran juntos a visitar a unos amigos.
Su ruta pasaba cerca de la lechería de la que habían partido con tan solemne alegría mutua pocos días atrás, y como Clare deseaba concluir sus asuntos con el señor Crick, Tess difícilmente podía evitar hacerle una visita a la señora Crick al mismo tiempo, a menos que quisiera despertar sospechas sobre su infeliz situación.
Para que la visita pasara lo más inadvertida posible, dejaron el carruaje junto al torniquete que bajaba desde la carretera principal hasta la lechería, y descendieron por el sendero a pie, uno al lado del otro.
El saucejal había sido podado, y a través de los tocones podían ver el lugar al que Clare la había seguido cuando le suplicó que fuera su esposa; a la izquierda, el cercado en el que ella se había sentido fascinada por su arpa; y a lo lejos, detrás de los establos, el prado que había sido escenario de su primer abrazo.
El oro del cuadro veraniego era ahora gris, los colores mezquinos, la tierra fértil lodo, y el río frío.
Sobre la puerta del corral los vio el lechero, que se adelantó poniendo en su rostro esa especie de jovialidad que se consideraba apropiada en Talbothays y sus alrededores ante la reaparición de los recién casados.