Junto a la máquina se hallaba un ser oscuro e inmóvil, una encarnación tiznada y mugrienta de estatura elevada, en una especie de trance, con un montón de carbón a su lado: era el maquinista. > El aislamiento de sus maneras y su color le conferían el aspecto de una criatura del Tofet, que se hubiera extraviado en la transparencia sin humo de esta región de grano amarillo y suelo pálido, con la que no tenía nada en común, para asombrar y descolocar a sus
Lo que miraba lo sentía. Estaba en el mundo agrícola, pero no pertenecía a él.
Servía al fuego y al humo; aquellos moradores de los campos servían a la vegetación, al tiempo, a las heladas y al sol.
Viajaba con su máquina de granja en granja, de condado en condado, pues por entonces la trilladora de vapor era itinerante en aquella parte de Wessex.
Hablaba con un extraño acento norteño; con los pensamientos vueltos hacia su interior, la mirada fija en su carga de hierro, sin apenas percibir los paisajes que lo rodeaban y sin importarle lo más mínimo; manteniendo un trato estrictamente necesario con los nativos, como si algún antiguo sino lo obligara a vagar por allí en contra de su voluntad al servicio de su amo plutónico.
La larga correa que iba desde la rueda motriz de su máquina hasta la trilladora roja situada bajo el almiar era el único nexo de unión entre la agricultura y él.
Mientras desataban las gavillas, él permanecía apático junto a su depósito portátil de fuerza, en torno a cuya negrura candente temblaba el aire de la mañana.