Aceleró el paso y subió por el camino por el que había venido, para buscar refugio entre sus setos hasta que la familia del vicario hubiera almorzado y fuera oportuno que la recibieran. Pronto dejó atrás a los feligreses, salvo a dos hombres jóvenes que, con los brazos entrelazados, la alcanzaban por detrás a paso rápido.
A medida que se acercaban, pudo oír sus voces entablar una conversación ferviente y, con la agilidad natural de una mujer en su situación, no dejó de reconocer en aquellos sonidos el timbre de la voz de su marido. Los peatones eran sus dos hermanos.
Olvidándose de todos sus planes, el único temor de Tess era que la alcanzasen ahora, en su desaliñado estado, antes de estar preparada para enfrentarse a ellos; pues aunque sentía que no podrían identificarla, temía instintivamente su escrutinio.
Cuanto más animadamente caminaban ellos, más animadamente caminaba ella. Era evidente que se proponían dar un paseo breve y rápido antes de entrar en la casa para almorzar o cenar, a fin de devolver el calor a sus miembros entumecidos tras pasar sentados un largo servicio religioso.
Tan solo una persona había precedido a Tess en la cuesta: una joven de aspecto distinguido, bastante interesante, aunque, tal vez, un tanto guindée y puritana. Tess casi la había alcanzado cuando el paso ligero de sus cuñados la puso tan cerca de sus espaldas que podía oír cada palabra de su conversación. No dijeron nada, sin embargo, que le interesara particularmente hasta que, al observar a la joven aún más adelante, uno de ahí comentó: «Ahí está Mercy Chant. Alcancémosla».
Tess conocía el nombre. Era la mujer a quien sus padres y los de Angel le tenían deparado ser la compañera de vida de este, y con la que probablemente se habría casado de no ser por su intrusiva intromisión. Lo habría sabido de sobra sin necesidad de información previa de haber esperado un momento, pues uno de los hermanos procedió a decir: