Tess era ahora llevada en volandas por las alas de las horas, sin la menor sensación de voluntad. Se había dado la orden; la fecha del día estaba escrita. Su inteligencia, brillante de manera natural, había empezado a admitir las convicciones fatalistas comunes a la gente del campo y a quienes se relacionan más profusamente con los fenómenos naturales que con sus semejantes; y en consecuencia se dejó arrastrar hacia esa receptividad pasiva ante todo lo que su amante sugería, tan característica de ese estado de ánimo.
Pero ella le escribió de nuevo a su madre, ostensiblemente para comunicarle el día de la boda; en realidad, para suplicarle de nuevo su consejo.
Era un caballero el que la había elegido, lo cual tal vez su madre no había considerado lo suficiente. Una explicación posnupcial, que podría ser aceptada con ligereza por un hombre más basto, tal vez no fuera recibida con el mismo sentimiento por él.
Pero esta comunicación no trajo respuesta alguna de la señora Durbeyfield.
A pesar de la plausible representación que Angel Clare hizo ante sí mismo y ante Tess de la necesidad práctica de su matrimonio inmediato, había en verdad un elemento de precipitación en ese paso, como se hizo evidente más adelante. La amaba tiernamente, aunque tal vez de un modo más ideal e imaginativo que con la apasionada profundidad del sentimiento de ella hacia él. No había abrigado la menor idea, cuando se veía condenado a lo que creía una vida bucólica e inintelectual, de que unos encantos como los que contemplaba en aquella criatura idílica se hallaran tras bambalinas. La ingenuidad era algo de lo que se hablaba, pero no había sabido cómo impactaba realmente a uno hasta que llegó allí. Sin embargo, estaba muy