En el desayuno el Brasil fue el tema de conversación, y todos se esforzaron por adoptar una postura esperanzadora ante el experimento propuesto por Clare con las tierras de aquel país, a pesar de los desalentadores informes de algunos jornaleros que habían emigrado allí y regresado a casa antes de cumplir los doce meses.
Después de desayunar, Clare fue al pueblecito para finiquitar los pequeños asuntos que allí le atañían y para retirar del banco local todo el dinero que poseía.
De regreso, se encontró junto a la iglesia con la señorita Mercy Chant, de cuyos muros parecía ser una especie de emanación. Llevaba un brazo lleno de Biblias para su clase, y tal era su concepción de la vida que los acontecimientos que causaban dolor de corazón en los demás provocaban en ella sonrisas beatíficas; un resultado envidiable, aunque, en opinión de Angel, se obtenía mediante un sacrificio curiosamente antinatural de la humanidad en aras del misticismo.
Había sabido que estaba a punto de marchar de Inglaterra, y observó lo excelente y prometedor que parecía ser aquel proyecto.
—Sí; desde un punto de vista comercial es un plan bastante plausible, sin duda —respondió—. Pero, mi querida Mercy, rompe la continuidad de la existencia. Tal vez un claustro sería preferible.
—¡Un claustro! ¡Oh, Ángel Clare!
¿Y bien?
—¡Vaya, hombre malvado!, un claustro implica un monje, y un monje, el catolicismo romano.