Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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LVI

“¡Y entonces mi querido, queridísimo esposo volvió a casa conmigo… y yo no lo sabía!… ¡Y usted había usado su cruel persuasión conmigo… no dejó de usarla, no… no se detuvo! Las necesidades de mis hermanitos y hermanitas y las de mi madre… esas fueron las cosas con las que me conmovió… ¡y dijo que mi esposo jamás volvería, jamás; y se burló de mí, y dijo qué simple era por esperarlo!… ¡Y al final le creí y cedí!… ¡Y entonces él volvió! Ahora se ha ido. Se ha ido por segunda vez, y ahora lo he perdido para siempre… ¡y ya no me amará ni un tantito más, solo me odiará!… ¡Oh, sí, ahora lo he perdido… otra vez por culpa de… usted!”.

Retorciéndose, con la cabeza sobre la silla, volvió el rostro hacia la puerta, y la señora Brooks pudo ver el dolor en él, y que sus labios estaban ensangrentados por la presión de sus dientes sobre ellos, y que las largas pestañas de sus ojos cerrados se pegaban en mechones húmedos a sus mejillas. Continuó:

“¡Y se está muriendo… tiene aspecto de estar muriéndose!… ¡Y mi pecado lo matará a él y no a mí!… ¡Oh, me ha hecho la vida añicos… ha hecho que sea lo que le rogué por piedad que no me hiciera ser de nuevo!… Mi propio y verdadero esposo nunca, nunca… ¡Oh, Dios, no puedo soportar esto!… ¡No puedo!”.

Hubo más palabras y más ásperas por parte del hombre; luego un repentino crujido; ella se había puesto de pie de un salto. La señora Brooks, pensando que el que hablaba iba a precipitarse fuera de la puerta, retrocedió apresuradamente escaleras abajo.

Sin embargo, no era necesario que lo hiciera, pues la puerta de la sala de estar no se abrió. Pero la señora Brooks consideró imprudente volver a vigilar en el descansillo y entró en su propio saloncito de abajo.

No lograba oír nada a través del suelo, aunque escuchó con atención, y por consiguiente fue a la cocina para terminar su interrumpido desayuno.

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