estirados—todos ellos retorciéndose en agonía, excepto los afortunados cuyas torturas habían terminado durante la noche ante la incapacidad de la naturaleza para soportar más.
Tess adivinó al instante el significado de aquello. Las aves habían sido empujadas a este rincón el día anterior por alguna partida de caza; y mientras aquellas que habían caído muertas por los disparos, o habían muerto antes de caer la noche, habían sido buscadas y retiradas, muchas aves malheridas habían escapado y se habían ocultado, o se habían elevado entre las espesas ramas, donde habían mantenido su posición hasta debilitarse con la pérdida de sangre durante la noche, momento en el que habían ido cayendo una a una, tal como ella las había oído.
En su juventud, ella había logrado avistar de vez en cuando a estos hombres, asomándose por encima de los setos o curioseando entre los arbustos, y apuntando con sus escopetas, extrañamente ataviados, con una luz sanguinaria en los ojos.
Le habían dicho que, por rudos y brutales que parecieran en aquellos momentos, no eran así durante todo el año, sino que eran, de hecho, personas bastante educadas salvo en ciertas semanas de otoño e invierno, cuando, al igual que los habitantes de la península de Malaca, enloquecían furiosos y se proponían destruir la vida —en este caso, inofensivas criaturas emplumadas, traídas a la existencia por medios artificiales únicamente para gratificar estas propensiones—, tan groseras a la par que poco caballerosas hacia sus más débiles congéneres de la abundante familia de la Naturaleza.
Con el impulso de un alma capaz de condolerse tanto de los sufrimientos ajenos como de los propios, el primer pensamiento de Tess fue poner fin a la tortura de las aves aún vivas, y con ese fin ella misma rompió el cuello a tantas como pudo encontrar, dejándolas tendidas donde las había hallado hasta que los guardabosques vinieran —como probablemente harían— a buscarlas por segunda vez.