Trantridge, un lugar a cuarenta millas de aquí, y se metió a reconvenir a un joven cínico y libertino con el que se topó por allí cerca—hijo de algún terrateniente de por allá—, y que tiene una madre afectada de ceguera. Mi padre se dirigió al caballero a quemarropa, y se armó un buen alboroto. Fue muy estúpido por parte de mi padre, tengo que decirlo, importunar a un extraño con su conversación cuando las probabilidades de que fuera inútil saltaban a la vista. Pero haga lo que haga que él crea que es su deber, eso lo cumplirá, a tiempo o destiempo; y, por supuesto, se gana muchos enemigos, no solo entre los viciosos perdidos, sino entre los indolentes, que odian que los molesten. Dice que se gloría de lo ocurrido, y que el bien puede hacerse de forma indirecta; pero ojalá no se agotara ahora que está envejeciendo, y dejara a esos cerdos revolcarse en su cieno.
La mirada de Tess se había vuelto dura y ajada, y su boca madura, trágica; pero ya no mostraba ningún temblor.
Los renovados pensamientos de Clare sobre su padre le impidieron fijarse especialmente en ella; y así siguieron avanzando por la blanca hilera de rectángulos líquidos hasta que los hubieron terminado y vaciado, momento en el que las otras muchachas regresaron, tomaron sus cubos, y Deb vino a escaldar las piletas para la nueva leche.
Mientras Tess se retiraba para ir al campo con las vacas, él le dijo en voz baja—
—¿Y mi pregunta, Tessy?
“¡Oh, no—no! —respondió ella con gravedad desesperada, como quien hubiera vuelto a escuchar el tumulto de su propio pasado al mencionar a Alec d’Urberville—. ¡No puede ser!”.
Salió hacia el prado, uniéndose a las otras vaqueras de un salto, como si intentara que el aire libre disipara su triste cohibido desasosiego. Todas