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nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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LII

En lo personal, Joan no sentía ninguna simpatía por Alec. Le indicó con indiferencia la dirección de la iglesia y siguió su camino, mientras d’Urberville decía que volvería a verlos, por si seguían sin tener éxito en su búsqueda de alojamiento, de la cual acababa de enterarse.

Cuando se hubieron marchado, d’Urberville cabalgó hasta la posada y poco después salió a pie.

En el ínterin, Tess, que se había quedado con los niños dentro del armazón de la cama, estuvo charlando un rato con ellos hasta que, viendo que no se podía hacer nada más por el momento para que estuvieran cómodos, se puso a caminar por el cementerio, que empezaba a oscurecerse con las sombras del crepúsculo. La puerta de la iglesia estaba abierta y ella entró por primera vez en su vida.

Dentro de la ventana bajo la cual se encontraba el lecho estaban las tumbas de la familia, que abarcaban en sus fechas varios siglos. Eran abovedadas, en forma de altar y sencillas; sus relieves estaban desfigurados y rotos, sus bronces arrancados de las matrices, con los agujeros de los remaches parecidos a nidos de avión en un acantilado de arena.

De todos los recordatorios que jamás había recibido de que los suyos estaban extintos socialmente, ninguno era tan contundente como esta expoliación.

Se acercó a una piedra oscura en la que estaba inscrito:

Ostium sepulchri antiquae familiae d’Urberville

Tess no leía el latín eclesiástico como un cardenal, pero sabía que aquella era la puerta de su sepulcro ancestral, y que los altos caballeros de los que su padre había cantado en sus borracheras yacían dentro.

Ella se volvió pensativa para retirarse, pasando cerca de una tumba con monumento, la más antigua de todas, sobre la cual había una figura

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