Tess, tras haber devorado rápidamente su propia comida, le hizo señas a su hermana mayor para que se acercara y se llevara al bebé, se abrochó el vestido, se puso los guantes de gamuza de nuevo y se inclinó otra vez para sacar una atadura de la última gavilla hecha con el fin de atar la siguiente.
Por la tarde y al anochecer prosiguieron las labores de la mañana, y Tess se quedó hasta el anochecer con el grupo de segadores. Después regresaron todos a casa en uno de los carros más grandes, en compañía de una luna ancha y deslucida que había ascendido desde el suelo hacia el este, con un rostro que parecía el halo de deslucido pan de oro de algún santo toscano carcomido por los gusanos.
Las compañeras de Tess cantaron canciones y se mostraron muy solidarias y alegres ante su reaparición al aire libre, aunque no pudieron evitar entonar con picardía algunas estrofas de la balada sobre la doncella que fue al alegre y verde bosque y regresó transformada.
Hay contrapesos y compensaciones en la vida; y el suceso que había hecho de ella una advertencia social la había convertido también por el momento en el personaje más interesante del pueblo para muchos. Su amistad la apartó aún más de sí misma, sus ánimos vivaces resultaron contagiosos y ella se volvió casi alegre.
Pero ahora que sus dolores morales comenzaban a disiparse, surgió uno nuevo en su faceta natural, la cual no conocía ninguna ley social.
Cuando llegó a casa fue para enterarse, con gran pesar, de que el bebé había caído repentinamente enfermo desde por la tarde. Algún colapso de ese tipo era probable, tan tierno y endeble era su cuerpecito; sin embargo, el suceso no dejó de ser un golpe.
La ofensa del bebé contra la sociedad al venir al mundo fue olvidada por la madre niña; el deseo de su alma era continuar esa ofensa preservando la vida de la criatura.