Hubo un gran revuelo en la lechería justo después del desayuno.
La mantequera giraba como de costumbre, pero la mantequilla no salía. Siempre que esto sucedía, la lechería quedaba paralizada.
Chof, chof resonaba la leche en el gran cilindro, pero jamás surgía el sonido que esperaban.
El lechero Crick y su esposa, las lecheras Tess, Marian, Retty Priddle, Izz Huett y las casadas de las cottages; también el señor Clare, Jonathan Kail, la vieja Deborah y los demás, se quedaron mirando sin esperanza la mantequera; y el muchacho que hacía andar al caballo afuera puso ojos de lunático para mostrar su desconcierto ante la situación. Hasta el melancólico caballo parecía mirar por la ventana con desesperación inquisitiva en cada vuelta que daba.
“¡Años hace que fui a ver al hijo del zahorí Trendle en Egdon, años!”, dijo el lechero con amargura.
“Y no le llega ni a la suela de los zapatos a lo que su padre había sido. Lo habré dicho cincuenta veces, si no lo he dicho una, que no creo en ellos; aunque sí que adivina los males de la gente por la orina con mucha exactitud. Pero tendré que ir a verle si todavía vive. ¡Oh, sí, tendré que ir a verle si este tipo de cosas continúan!”.
Hasta el señor Clare comenzó a sentirse trágico ante la desesperación del lechero.
«El conjurador Fall, al otro lado de Casterbridge, a quien solían llamar “el Astuto”, era un hombre muy bueno cuando yo era un muchacho», dijo Jonathan Kail. «Pero a estas alturas ya está podrido como yesca».