contaré mis defectos entonces. Pero no dejemos que nos estropeen el día; serán un tema excelente para un momento aburrido”.
—¿Entonces no deseas que lo haga, querido?
—Yo tampoco, Tessy, la verdad.
La prisa por vestirse y salir no dejó tiempo para más que esto. Aquellas palabras suyas parecieron tranquilizarla al pensarlo mejor. Se vio arrastrada durante las dos horas críticas siguientes por la marea dominante de su devoción hacia él, lo cual clausuró cualquier meditación posterior. Su único deseo, resistido durante tanto tiempo, de entregarse a él, de llamarlo su señor, suyo—luego, si era necesario, morir—, la había al fin elevado de su monótona senda reflexiva. Al vestirse, se movía envuelta en una nube mental de idealidades multicolores, que eclipsaba con su brillo toda contingencia siniestra.
La iglesia estaba muy lejos y se veían obligados a ir en coche, sobre todo por ser invierno. En una posada del camino se encargó un carruaje cerrado, un vehículo que se había conservado