Abrió la puerta de la calle y dio unos pasos en el aire de la mañana. Cuando, al cabo de un breve espacio, regresó, ella ya estaba en la sala de estar recolocando mecánicamente los avituallamientos del desayuno. Como iba completamente arreglada, y el intervalo desde que él la había llamado no había sido de más de dos o tres minutos, debía de estar vestida, o poco menos, antes de que él fuera a llamarla. Llevaba el pelo recogido en un gran moño redondo en la nuca y se había puesto uno de los vestidos nuevos: una prenda de lana azul pálido con volantes blancos en el cuello. Sus manos y su rostro parecían estar fríos, y posiblemente llevaba mucho tiempo sentada y vestida en el dormitorio sin ninguna calefacción. La marcada cortesía del tono de Clare al llamarla parecía haberle infundido, por el momento, un nuevo atisbo de esperanza. Pero este se desvaneció pronto cuando lo miró.
La pareja era, en verdad, poco más que las cenizas de sus fuegos pasados. Al ardiente dolor de la noche anterior le había sucedido la pesadez; parecía como si ya nada pudiera encender en ninguno de los dos el ardor de la emoción.
Él le habló con delicadeza, y ella respondió con igual falta de afectación. Por fin se acercó a él, mirando su rostro de rasgos bien definidos como alguien que no tuviera conciencia de que el suyo propio constituía también un objeto visible.
—¡Angel! —dijo ella, y se detuvo, rozándolo con los dedos tan levemente como una brisa, como si apenas pudiera creer que estuviera allí en carne y hueso el que una vez fuera su amante. Tenía los ojos brillantes, su pálida mejilla aún mostraba su habitual redondez, aunque las lágrimas a medio secar habían dejado en ella rastros relucientes; y la boca, por lo general de un rojo maduro, estaba casi tan pálida como su mejilla. Tan palpitantemente viva como aún estaba, bajo la presión de su dolor mental la vida latía de un modo tan quebrantado que un pequeño tirón