—Dolor, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Roció el agua, y hubo silencio.
—Digincen «Amén», niños.
Las vocecitas respondieron sumisas: «¡Amén!».
Tess continuó:
«Recibimos a este niño» —y así sucesivamente— «y lo señalamos con la señal de la Cruz».
Aquí metió la mano en la jofaina y con fervor trazó una inmensa cruz sobre el bebé con el dedo índice, continuando con las frases acostumbradas acerca de que él había de luchar varonilmente contra el pecado, el mundo y el demonio, y ser un fiel soldado y servidor hasta el fin de su vida.
Prosiguió debidamente con el Padrenuestro, y los niños lo musitaron tras ella con un silbido delgado y zumbón como de jején, hasta que, al terminar, alzando la voz al tono del sacristán, volvieron a entonar en silencio: «¡Amén!».
Entonces su hermana,