tenía ningún defensor que la sacara del error. ¿Sería posible —prosiguió— que unos ojos que al mirar nunca manifestaban desviación alguna respecto a lo que la lengua estaba diciendo, estuvieran sin embargo viendo siempre otro mundo detrás del que ella aparentaba, discordante y contrastado?
Se recostó en su sofá en la sala de estar y apagó la luz. La noche entró y tomó su lugar allí, desinteresada e indiferente; la noche que ya se había tragado su felicidad, y ahora la digería apáticamente; y estaba lista para tragarse la felicidad de otras mil personas con igual tranquilidad o cambio de semblante.