en una estrechez cada vez más horrible, se apiñaban, amigos y enemigos, hasta que los últimos metros de trigo erguido caían también bajo los dientes de la segadora infalible, y todos y cada uno eran ejecutados a palos y pedradas por los segadores.
La segadora iba dejando el maíz cortado a su paso en pequeños montones, siendo cada montón de la cantidad justa para una gavilla; y sobre ellos ponían sus manos los activos atadores que venían detrás —principalmente mujeres, aunque algunos eran hombres con camisas de percal y pantalones sujetos a la cintura por correas de cuero, lo que volvía inútiles los dos botones traseros, los cuales centelleaban y brillaban con los rayos del sol a cada movimiento de cada portador, como si fueran un par de ojos en los riñones.
Pero las del otro sexo eran las más interesantes de este grupo de segadoras, debido al encanto que adquiere la mujer cuando pasa a ser parte integrante de la naturaleza al aire libre, y no es meramente un objeto colocado en ella como en los tiempos ordinarios.
Un segador es una personalidad en el campo; una segadora es una porción del campo; de algún modo había perdido sus propios contornos, se había impregnado de la esencia de su entorno y se había asimilado a él.
Las mujeres—o más bien muchachas, pues eran en su mayoría jóvenes—llevaban capotas de algodón fruncido con grandes faldones oscilantes para protegerse del sol, y guantes para evitar que el rastrojo les hiriera las manos. Había una que vestía una chaqueta rosa pálido, otra con un vestido color crema de mangas ceñidas, otra con una enagua tan roja como los brazos de la segadora; y otras, de más edad, con el «delantal» o bata de estameña marrón basto—el atuendo tradicional y más apropiado de la labriega, que las más jóvenes iban abandonando. Esta mañana la mirada se vuelve involuntariamente hacia la muchacha de la chaqueta de