Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
Página 195 de 608
Table of Contents

XIX

Tess había escuchado esas notas en el desván sobre su cabeza. Tenues, apagadas, constreñidas por su confinamiento, nunca la habían atraído como ahora, cuando vagaban en el aire quieto con una cualidad descarnada como la de la desnudez.

Para hablar con absoluta propiedad, tanto el instrumento como la ejecución eran pobres; pero lo relativo lo es todo, y al escuchar Tess, como un pájaro fascinado, no pudo abandonar el lugar. Lejos de abandonarlo, se acercó al intérprete, manteniéndose detrás del seto para que él no adivinara su presencia.

El extrarradio del jardín en el que se encontró Tess llevaba varios años sin cultivar, y ahora estaba húmedo y frondoso de hierba jugosa que levantaba nubes de polen al menor contacto; y de altas malas hierbas florecidas que exhalaban olores ofensivos, malas hierbas cuyos tonos rojos, amarillos y púrpuras formaban una policromía tan deslumbrante como la de las flores cultivadas. Avanzó sigilosa como un gato a través de aquella profusión de vegetación, recogiendo espuma de cuco en las faldas, aplastando caracoles que tenía bajo los pies, manchándose las manos con leche de cardo y baba de babosa, y frotándose en los brazos desnutos plagas pegajosas que, aunque de blancura nívea en los troncos de los manzanos, dejaban manchas de color rojo rubor en su piel; así se acercó bastante a Clare, aún sin ser vista por él.

Tess no era consciente ni del tiempo ni del espacio. La exaltación que había descrito como producible a voluntad contemplando una estrella vino ahora sin determinación alguna por su parte; ondulaba al compás de las notas tenues del arpa de segunda mano, y sus armonías la atravesaban como brisas, arrancándole lágrimas a los ojos. El polen flotante parecía ser sus notas hechas visibles, y la humedad del jardín, el llanto de la sensibilidad del jardín. Aunque se acercaba el anochecer, las flores silvestres de olor hediondo brillaban como si no

195