cambiado últimamente con sus cambiantes estados de ánimo, fluctuando continuamente entre la belleza y la ordinariedad, según los pensamientos fueran alegres o graves. Un día era rosado y perfecto; otro, pálido y trágico. Cuando estaba rosado, sentía menos que cuando estaba pálido; su belleza más perfecta concordaba con su estado de ánimo menos elevado; su estado de ánimo más intenso, con su belleza menos perfecta. Era su mejor rostro físicamente el que ahora se oponía al viento del sur.
La tendencia irresistible, universal y automática a hallar un dulce placer en alguna parte, que impregna toda la vida, desde la más humilde hasta la más encumbrada, había acabado por dominar a Tess.
Al ser aún una joven de apenas veinte años, alguien que mental y sentimentalmente no había terminado de crecer, era imposible que acontecimiento alguno hubiera dejado en ella una impresión que con el tiempo no fuera capaz de transmutarse.