Angel Clare, para quien tres cuartas partes de esta actuación eran un vulgar acto de amabilidad, se acercó ahora a Izz. Ella, callada y ensimismada, se dejó caer en sus brazos, y Angel se marchó con ella a paso metódico.
Cuando se le oyó regresar por tercera vez, el corazón palpitante de Retty casi parecía hacerla temblar. Se acercó a la muchacha pelirroja y, mientras la agarraba, miró a Tess. Sus labios no habrían podido decir con mayor claridad: «Pronto seremos tú y yo».
Su comprensión se reflejó en su rostro; no pudo evitarlo. Había un entendimiento entre ambos.
Pobre pequeña Retty, aunque era por mucho la de menor peso, fue la más molesta de las cargas de Clare.
Marian había sido como un saco de harina, un peso muerto de gordura bajo el cual él se había tambaleado literalmente.
Izz había cabalgado sensata y calmadamente.
Retty era un manojo de histeria.
Sin embargo, terminó con la inquietada criatura, la depositó y regresó.
Tess pudo ver por encima del seto a los tres distantes en grupo, de pie tal como él los había colocado en la siguiente elevación del terreno. Ahora era su turno.
Le avergonzó descubrir que la emoción ante la proximidad del aliento y los ojos del señor Clare, que ella había despreciado en sus compañeras, se intensificaba en ella misma; y como si temiera delatar su secreto, titubeó con él en el último momento.
«Quizá pueda trepar por la orilla… yo trepo mejor que ellos. ¡Debe de estar tan cansado, señor Clare!».