Ni siquiera la «buena y vieja familia» (por usar la frase favorita de un difunto dignatario local) tenía atractivo alguno para él a menos que hubiera buenas y nuevas resoluciones en sus representantes. Como contrapeso a estas austeridades, cuando se fue a vivir a Londres para ver cómo era el mundo, y con vistas a ejercer allí una profesión o un negocio, perdió la cabeza y estuvo a punto de ser atrapado por una mujer mucho mayor que él, aunque por suerte escapó no mucho peor parado por la experiencia.
La temprana convivencia con la soledad del campo había engendrado en él una aversión inconquistable, y casi irracional, hacia la vida urbana moderna, y lo había apartado de aquel éxito al que podría haber aspirado de haber seguido una vocación mundana, debido a la inviabilidad de la espiritual.
Pero algo tenía que hacerse; había desperdiciado muchos años valiosos; y, al tener un conocido que estaba comenzando una próspera vida como granjero colonial, a Angel se le ocurrió que aquello podría ser una pista en la dirección correcta.
La agricultura, ya fuera en las Colonias, en América o en su tierra—la agricultura, en todo caso, tras haberse cualificado debidamente para el negocio mediante un aprendizaje cuidadoso—, era una vocación que probablemente le proporcionaría independencia sin el sacrificio de lo que valoraba aún más que un pasar desahogado: la libertad intelectual.
Así encontramos a Angel Clare, a los veintiséis años, aquí en Talbothays, como estudiante de ganado y, dado que no había casas cercanas en las que pudiera conseguir un alojamiento confortable, como huésped del lechero.
Su habitación era una inmensa buhardilla que abarcaba toda la longitud de la lechería. Solo se podía acceder a ella por una escalera de mano desde