—¡Me pregunto cómo será la dama que, según dicen, su familia le ha buscado!
—Me pregunto —dijo Izz.
—¿Alguna señora velaba por él? —exclamó Tess, dando un sobresaltado—. ¡Jamás he oído tal cosa!
“Oh, sí—se rumorea; una joven de su misma clase, elegida por su familia; la hija de un doctor en teología cerca de la parroquia de su padre, en Emminster; a él no le importa mucho ella, según dicen. Pero es seguro que se casará con ella”.
Habían oído muy poco de todo aquello; pero bastaba para tejer con ello sueños míseros y dolorosos, allí en la sombra de la noche.
Se imaginaban todos los detalles de cómo había sido persuadido para dar su consentimiento, de los preparativos de la boda, de la felicidad de la novia, de su vestido y su velo, de su hogar dichoso junto a él, cuando sobre ellas mismas hubiera caído el olvido en lo que a él y a su amor respectaba.
Así hablaban, sufrían y lloraban hasta que el sueño hechizó su pesadumbre y se la llevó.
Después de esta revelación, Tess no abrigó más el insensato pensamiento de que hubiera un significado grave y deliberado oculto en las atenciones de Clare hacia ella. Era un amor de verano pasajero por su rostro, por el deleite temporal del amor mismo, nada más.
Y la corona de espinas de este triste concepto era que aquella a quien él realmente prefería de pasada al resto, aquella que sabía que era de naturaleza más apasionada, más lista, más hermosa que ellas, era ante los ojos del decoro mucho menos digna de él que las más sencillas a quienes ignoraba.