allí desde los viejos tiempos de los viajes en diligencia. Tenía unos radios de rueda robustos y llantas pesadas, una gran caja curvada, correas y resortes inmensos, y una lanza como un ariete. El postillón era un venerable «muchacho» de sesenta años —mártir de la gota reumática, resultado de una exposición excesiva en la juventud, contrarrestada con licores fuertes— que había permanecido en las puertas de las posadas sin hacer nada durante los veinticinco años enteros transcurridos desde que dejó de ser necesario para montar profesionalmente, como si esperara que los viejos tiempos volvieran. Tenía una úlcera crónica en la parte exterior de la pierna derecha, originada por las constantes magulladuras de las lanzas de los carruajes aristocráticos durante los muchos años que había estado empleado con regularidad en el King’s Arms, de Casterbridge.
Dentro de esta armazón pesada y crujiente, y detrás de este cochero decrépito, tomó asiento la partie carrée—los novios y el señor y la señora Crick.