ocuparse de asuntos espirituales; en esta ocasión para lucir sus medias blancas y zapatos finos, y sus vestidos rosas, blancos y lilas, en los que cada mancha de barro se vería, el charco era un impedimento embarazoso. Podían oír la campana de la iglesia llamando, que aún distaba casi una milla.
—¡Quién iba a esperar semejante crecida del río en pleno verano! —dijo Marian, desde lo alto del talud de la carretera al que se habían subido, y donde mantenían un equilibrio precario con la esperanza de avanzar a gatas por su pendiente hasta rebasar la poza.
—¡De ningún modo podemos llegar allí sin atravesarlo directamente, o si no dando la vuelta por el camino de peaje; y eso nos haría llegar tardísimo! —dijo Retty, deteniéndose sin esperanza.
—Y me pongo tan encendida de vergüenza al entrar tarde en la iglesia, y con toda la gente volviéndose a mirar —dijo Marian—, que apenas logro enfriarme un poco hasta que llegamos a la parte de los «Dígnate, Señor»*.
Mientras permanecían así, aferrados al talud, oyeron un chapoteo al otro lado de la curva del camino, y al poco apareció Angel Clare, que avanzaba hacia ellos por el carril, vadeando el agua.
Cuatro corazones dieron un gran vuelco simultáneamente.
Su aspecto era probablemente tan poco propio de un domingo como el que solía presentar el hijo de un clérigo dogmático; su atuendo consistía en su ropa de lechero, botas altas de vadeo, una hoja de col dentro del sombrero para mantener la cabeza fresca, y un azadón para cardos como remate.
—No va a la iglesia —dijo Marian.