diferencia práctica en sus vidas, dado lo probable de que viviera muy lejos de ellos, deseaba por amor no herir los sentimientos de estos en la decisión más importante de su vida.
Observaba sus propias incoherencias al detenerse en los accidentes de la vida de Tess como si fueran rasgos vitales.
Era por ella misma por quien amaba a Tess; por su alma, su corazón, su sustancia—no por su habilidad en la lechería, su presteza como discípula suya, y ciertamente no por sus simples y formales profesiones de fe.
Su existencia ingenua al aire libre no requería barniz de convencionalismos para resultarle grata.
Sostenía que la educación apenas había afectado todavía los latidos de la emoción y el impulso de los que depende la felicidad doméstica.
Era probable que, en el transcurso de los siglos, los sistemas mejorados de formación moral y e intelectual elevaran de manera apreciable, quizás considerable, los instintos involuntarios e incluso inconscientes de la naturaleza humana; pero hasta el día de hoy, la cultura, hasta donde él alcanzaba a ver, podía decirse que solo había afectado la epidermis mental de aquellas vidas que habían quedado bajo su influencia.
Esta creencia se veía confirmada por su experiencia con las mujeres, la cual, habiéndose extendido últimamente de la clase media culta a la comunidad rural, le había enseñado cuán menor era la diferencia intrínseca entre la mujer buena y sabia de un estrato social y la mujer buena y sabia de otro estrato social, que entre la buena y la mala, la sabia y la necia, de un mismo estrato o clase.
Era la mañana de su partida. Sus hermanos ya habían abandonado la vicaría para emprender una excursión a pie por el norte, desde donde uno debía regresar a su college y el otro a su vicaría.