Aun así, era extraño que le hubiesen llegado siendo tan joven; más que extraño; era imponente, interesante, patético.
Al no adivinar la causa, no había nada que le recordara que la experiencia depende de la intensidad y no de la duración.
La pasajera plaga corpórea de Tess había sido su cosecha mental.
Tess, por su parte, no podía comprender por qué un hombre de familia eclesiástica y buena educación, y alejado de la necesidad física, debía considerar una desgracia estar vivo. Para la propia infeliz peregrina había muy buenas razones. Pero ¿cómo aquel hombre admirable y poético había podido descender al Valle de la Humillación, haber sentido con el hombre de Uz—como ella misma lo había sentido dos o tres años atrás—: «Mi alma prefiere la estrangulación y la muerte a mi vida. La aborrezco; no viviría para siempre»?
Era verdad que por el momento estaba fuera de su categoría. Pero ella sabía que eso se debía únicamente a que, como Pedro el Grande en el astillero, estaba estudiando lo que quería saber.
No ordeñaba vacas porque estuviera obligado a ordeñar vacas, sino porque estaba aprendiendo a ser un rico y próspero lechero, terrateniente, agricultor y criador de ganado. Llegaría a ser un Abraham americano o australiano, que mandaría como un monarca sobre sus rebaños y manadas, sobre los manchados y los listados, sobre sus criados y sus criadas.
A veces, sin embargo, le parecía inexplicable que un joven de clara vena intelectual, musical y reflexiva hubiera elegido deliberadamente ser granjero, y no clérigo, como su padre y sus hermanos.
Así pues, sin tener la clave del secreto del otro, ambos se sentían desconcertados por lo que cada uno revelaba, y aguardaban un nuevo