Cada mañana y noche era el mismo, y así amaneció Nochevieja: el día de la boda.
Los amantes no se levantaron a la hora del ordeño, ya que durante toda esa última semana de su estancia en la lechería se les había concedido en cierto modo la condición de huéspedes, y a Tess se le había honrado con una habitación propia.
Cuando bajaron a la hora del desayuno, se sorprendieron al ver los efectos que se habían producido en la gran cocina en honor a ellos desde la última vez que la habían visto.
A alguna hora antinatural de la mañana, el lechero había mandado encalar el enorme rincón de la chimenea, enrojecer el hogar de ladrillo y colgar un brillante guardatiros de damasco amarillo a través del arco, en lugar del viejo y mugriento algodón azul con un patrón de ramitas negras que antes cumplía esa función.
Este aspecto renovado de lo que era, en efecto, el foco de la habitación en una plena mañana de invierno confería un aire sonriente a todo el recinto.
—Estaba decidido a hacer algo en honor al acontecimiento —dijo el lechero—. Y como no quisiste ni oír hablar de armar una buena y animada juerga con violines y contrabajos completos, como habríamos hecho en los viejos tiempos, esto fue lo único que se me ocurrió que fuera silencioso.
Las amigas de Tess vivían tan lejos que ninguna habría podido asistir convenientemente a la ceremonia, aun en el caso de haber sido invitadas; pero, a decir verdad, nadie fue invitado de Marlott. En cuanto a la familia de Angel, él les había escrito y avisado debidamente de la fecha, y les había asegurado que le alegraría ver allí al menos a uno de ellos por ese día si le apetecía venir.