Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XX

Al ser con tanta frecuencia —posiblemente no siempre por casualidad— las dos primeras personas en levantarse en la lechería, les parecía que eran las primeras personas levantadas de todo el mundo. En estos primeros días de su estancia aquí, Tess no desnataba, sino que salía al aire libre inmediatamente después de levantarse, donde él por lo general la estaba esperando. La luz espectral, semicompuesta y acuosa que impregnaba el prado abierto les infundía una sensación de aislamiento, como si fuesen Adán y Eva. En esta tenue y auroral etapa del día, Tess le parecía a Clare que exhibía una digna grandeza tanto de carácter como de físico, un poder casi regio, posiblemente porque sabía que a aquella hora prenatural difícilmente ninguna mujer tan bien dotada en persona como ella andaría al aire libre dentro de los límites de su horizonte; muy pocas en toda Inglaterra. Las mujeres hermosas suelen estar dormidas en los amaneceres de pleno verano. Ella estaba muy cerca, y las demás no existían.

La penumbra mezclada, singular y luminosa en la que caminaban juntos hacia el lugar donde yacían las vacas le hacía pensar a menudo en la hora de la Resurrección. Poco se imaginaba que la Magdalena pudiera estar a su lado.

Mientras todo el paisaje se hallaba en un tono neutro, el rostro de su compañera —que era el foco de sus ojos, al sobresalir por encima del estrato de neblina— parecía tener una especie de fosforescencia. Parecía fantasmal, como si fuera meramente un alma en libertad.

En realidad su rostro, sin aparentarlo, había captado el frío destello del día desde el nordeste; el suyo propio, aunque él no reparara en ello, presentaba el mismo aspecto para ella.

Fue entonces, como se ha dicho, cuando ella le impresionó más profundamente. Ya no era la lechera, sino la esencia visionaria de la mujer: todo un sexo condensado en una forma arquetípica. Él la llamaba

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