Tess se preparó el desayuno y luego tomó su puesto como enfermera en la habitación de su madre.
Por la mañana, al contemplar a los niños, todos tenían un aspecto curiosamente alargado; aunque había estado ausente poco más de un año, su crecimiento era asombroso; y la necesidad de entregarse en cuerpo y alma a sus necesidades la distrajo de sus propias cuitas.
La mala salud de su padre era del mismo tipo impreciso, y él seguía sentado en su sillón como de costumbre. Pero el día después de su llegada estuvo inusualmente alegre. Tenía un plan racional para vivir, y Tess le preguntó cuál era.
«Estoy pensando en mandar a buscar a todos los viejos anticuarios de esta parte de Inglaterra —dijo—, pidiéndoles que contribuyan a un fondo para mantenerme. Estoy seguro de que lo verían como algo romántico, artístico y decoroso. Se gastan un montón de dinero en conservar viejas ruinas, y en encontrar los huesos de las cosas y ocurrencias por el estilo; y los restos vivientes deben de serles todavía más interesantes, si tan solo supieran de mí. ¡Ojalá alguien fuera por ahí a contarles lo que hay viviendo entre ellos, y ellos sin pensar para nada en él! Si el reverendo Tringham, que me descubrió, hubiera vivido, lo habría hecho, estoy seguro».
Tess aplazó sus argumentos sobre este ambicioso proyecto hasta que hubo bregado con los asuntos urgentes que tenía entre manos, los cuales parecían haber mejorado muy poco con sus remesas. Cuando las necesidades domésticas hubieron disminuido, volvió su atención hacia las cosas exteriores. Era ya la época de plantar y sembrar; muchos huertos y parcelas de los aldeanos ya habían recibido sus labores de labranza primaveral; pero el huerto y la parcela de los Durbeyfield iban con retraso.