sin haber vuelto a hablar desde su confesión.
Clare detuvo el paso del caballo. Estaba indignado con su destino, con una disposición amarga hacia las ordenanzas sociales; pues lo habían encajado en un rincón del cual no había salida legítima. ¿Por qué no vengarse de la sociedad configurando sus futuras domesticidades con laxitud, en vez de besar la vara pedagógica de la convención de este modo tan cautivador?
—Me voy a Brasil solo, Izz —dijo él—. Me he separado de mi mujer por motivos personales, no de viaje. Puede que no vuelva a vivir con ella nunca. Puede que no sea capaz de amarte; pero... ¿quieres venir conmigo en su lugar?