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nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XLIV

oído el principio del discurso, supo cuál había sido el texto por su constante reiteración⁠—

«¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado para no obedecer a la verdad, a ante cuyos ojos Jesucristo ha sido ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?»

Tess se interesó aún más, al quedarse escuchando detrás, al descubrir que la doctrina del predicador era una forma vehemente de la postura del padre de Angel, y su interés se intensificó cuando el orador comenzó a detallar sus propias experiencias espirituales sobre cómo había llegado a adoptar tales puntos de vista.

Había sido, según dijo, el mayor de los pecadores. Se había burlado; se había asociado desenfrenadamente con gente temeraria y lasciva.

Pero le había llegado un día de despertar y, en un sentido humano, este se había producido principalmente por la influencia de cierto clérigo, a quien al principio había insultado groseramente, pero cuyas palabras de despedida se le habían grabado en el corazón y habían permanecido allí, hasta que, por la gracia del Cielo, obraron este cambio en él y lo convirtieron en lo que veían.

Pero más desconcertante para Tess que la doctrina había sido la voz, la cual, por imposible que pareciera, era exactamente la de Alec d’Urberville. Con el rostro inmovilizado en una dolorosa tensión, dio la vuelta hacia la fachada del granero y pasó por delante de él. El bajo sol invernal brillaba directamente sobre la gran entrada de doble puerta en este lado; una de las puertas estaba abierta, de modo que los rayos se extendían muy adentro sobre la era, hacia el predicador y su audiencia, todos resguardados cómodamente del viento del norte.

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