pobre hombre simple. > > Querida Tess, anímate, y tenemos la intención de enviarte una barrica de sidra para tu boda, sabiendo que no hay mucha por tus tierras, y la poca que hay es un aguachirle agrio. Así que nada más por el momento, y con
—¡Oh, madre, madre! —murmuró Tess.
Reconocía cuán ligero era el toque de los acontecimientos más agobiantes sobre el espíritu elástico de la señora Durbeyfield.
Su madre no veía la vida como la veía Tess. Aquel episodio obsesivo de días pasados no era para su madre sino un accidente pasajero.
Pero tal vez su madre tuviera razón en cuanto al rumbo que debía seguirse, cualesquiera que fuesen sus razones.
El silencio parecía, a primera vista, lo mejor para la felicidad de su ser amado: silencio sería.
Así calmada por una orden de la única persona en el mundo que tenía la más mínima sombra de derecho a controlar sus actos, Tess se tranquilizó.
La responsabilidad había cambiado de bando, y su corazón estaba más ligero de lo que había estado en semanas. Los días del otoño declinante que siguieron a su consentimiento, comenzando con el mes de octubre, formaron una estación a través de la cual vivió en altitudes espirituales que se acercaban más al éxtasis que cualquier otro periodo de su vida.
No había casi nada terrenal en su amor por Clare. Para su fe sublime, él era todo lo bondadoso que se puede ser; sabía todo lo que un guía, un filósofo y un amigo deben saber. Pensaba que cada línea del contorno de su persona era la perfección de la belleza masculina, su alma, el alma de un santo, y su intelecto, el de un vidente. La sabiduría de su amor por él, en cuanto amor, sostenía su dignidad; le parecía llevar puesta una corona.