yacente. En la penumbra no la había advertido antes, y apenas la habría advertido ahora de no ser por la extraña impresión de que la efigie se movía. Tan pronto como se acercó descubrió de golpe que la figura era una persona viva; y la conmoción ante la sensación de no haber estado sola fue tan violenta que quedó abrumada por completo, y se desplomó casi hasta el desmayo, no sin antes haber reconocido en ella a Alec d’Urberville.
Saltó de la losa y la sostuvo.
—Te vi entrar —dijo sonriendo—, y subí allí para no interrumpir tus meditaciones. Una reunión familiar, ¿verdad?, con estos viejos que tenemos aquí abajo. Escucha.
Dio un fuerte golpe con el talón en el suelo; tras lo cual se oyó un eco hueco procedente de abajo.
—¡Eso los dejó de una pieza, te lo aseguro! —continuó—.
Y tú creías que yo era la mera reproducción en piedra de uno de ellos. Pero no. El viejo orden cambia. El dedo meñique del falso d’Urberville puede hacer más por ti que toda la dinastía de los verdaderos que hay bajo tierra… Ahora mándame. ¿Qué debo hacer?
—¡Vete! —murmuró ella.
—Lo haré; buscaré a tu madre —dijo él con amabilidad. Pero al pasar junto a ella le susurró:—¡Acuérdate de esto; ya serás educada!
Cuando él se hubo ido, ella se inclinó sobre la entrada de las bóvedas y dijo:
“¡Por qué estoy al lado equivocado de esta puerta!”