Los oyentes eran enteramente aldeanos, entre ellos el hombre a quien ella había visto llevar el bote de pintura roja en una ocasión memorable anterior. Pero su atención se centró en la figura central, que estaba de pie sobre unos sacos de grano, frente a la gente y a la puerta. El sol de las tres de la tarde brillaba de lleno sobre él, y la extraña y enervante convicción de que su seductor se hallaba ante ella, que había ido cobrando fuerza en Tess desde que oyera sus palabras con claridad, quedó por fin confirmada como un hecho indudable.
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