Codal
nydus/Tess of the d’UrbervillesPublic
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XXXVII

Si tan solo pudieran caer juntos, y hacerse añicos los dos, qué oportuno, qué deseable.

Sin embargo, no la dejó caer, sino que aprovechó el apoyo de la barandilla para imprimir un beso en sus labios, unos labios que de día eran desdeñosos. Luego la estrechó con una firmeza renovada en su agarre y bajó la escalera. El crujido del peldaño flojo no lo despertó, y llegaron sanos y salvos a la planta baja. Liberando por un momento una de sus manos con la que la sujetaba, corrió el cerrojo de la puerta y salió, golpeándose levemente el dedo del pie calzado solo con medias contra el borde de la puerta. Pero esto pareció no importarle y, al tener espacio para estirarse al aire libre, la alzó contra su hombro para poder llevarla con facilidad, ya que la ausencia de ropa restaba mucho peso a su carga. Así se la llevó del recinto en dirección al río, situado a pocos metros.

Su última intención, si es que la tenía, aún no la había adivinado; y se descubrió a sí misma especulando sobre el asunto como lo habría hecho una tercera persona.

Tan plácidamente le había entregado todo su ser que le placía pensar que él la consideraba como su absoluta posesión, para disponer de ella según eligiera.

Era consolador, bajo la acechante amenaza de la separación del día de mañana, sentir que él de verdad la reconocía ahora como su esposa Tess, y que no la rechazaba, aun si en ese reconocimiento llegaba al extremo de arrogarse el derecho de hacerle daño.

¡Ah! ahora sabía con qué estaba soñando: en aquella mañana de domingo en que él la había llevado en brazos a través del agua junto con las otras lecheras, que lo habían querido casi tanto como ella, si eso fuera posible, cosa que Tess difícilmente podía admitir. Clare no cruzó el puente con ella, sino que, avanzando varios pasos por el mismo lado hacia el molino contiguo, al fin se detuvo inmóvil en la orilla del río.

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