compañeras. Cuando se hubo acomodado, un hombre con gorro de piel de conejo y un pañuelo rojo metido en el cinturón le tendió la taza de cerveza por encima de la gavilla para que bebiera. Pero ella no aceptó su oferta. Tan pronto como hubo extendido su almuerzo, llamó a la niña grande, su hermana, y le quitó el bebé que llevaba; esta, encantada de verse libre de la carga, se fue a la gavilla de al lado y se unió a los otros niños que jugaban allí. Tess, con un movimiento extrañamente furtivo pero a la vez valiente, y con el rostro aún más encendido, se desabrochó el vestido y se puso a amamantar al niño.
Los hombres que se sentaban más cerca volvieron discretamente la mirada hacia el otro extremo del campo, y algunos de ellos se pusieron a fumar; uno, con distraído cariño, acariciaba apenado el cántaro que ya no manaría más. Todas las mujeres, excepto Tess, se pusieron a hablar animadamente y a arreglarse los nudos deshechos del pelo.
Cuando la criatura se hubo saciado, la joven madre la sentó erguida en su regazo y, mirando a lo lejos, la meció con una sombría indiferencia que rayaba en el desprecio; luego, de repente, se puso a besarla con violencia docenas de veces, como si nunca pudiera parar, mientras el niño lloraba ante la vehemencia de un arrebato que combinaba extrañamente la pasión con el desdén.
—Le tiene mucho cariño a ese bendito muchacho, aunque finga odiarlo y diga que ojalá el crío y ella misma estuvieran en el cementerio —observó la mujer de la enagua roja.
“Pronto dejará de decir eso —respondió el de casaca ocre—. ¡Dios, es increíble a lo que uno puede llegar a acostumbrarse con el tiempo!”.