entender por qué se dirigían a él llamándolo «señor», ni siquiera el propio lechero. Pero no se vislumbraba explicación alguna; permaneció bajo la vaca el tiempo suficiente para haber ordeñado a tres, profiriendo de vez en cuando alguna exclamación en voz baja, como si no consiguiera avanzar.
—Llévelo con tiento, señor; llévelo con tiento —dijo el lechero—. Es maña, no fuerza, lo que hace falta.
—Así lo veo —dijo el otro, incorporándose por fin y estirándose los brazos—. Creo que ya la he terminado, sin embargo, aunque me ha hecho doler los dedos.
Tess pudo verle entonces de cuerpo entero. Llevaba el delantal blanco y las polainas de cuero corrientes de un granjero lechero al ordeñar, y sus botas estaban repletas del mantillo del corral; pero esta era toda su librea local. Debajo de ella había algo educado, reservado, sutil, triste, diferente.
Pero los detalles de su aspecto pasaron a un segundo plano ante el descubrimiento de que era alguien a quien ella ya había visto antes. Tantos avatares había pasado Tess desde entonces que por un momento no pudo recordar dónde lo había encontrado; y de pronto le vino a la memoria que era el peatón que se había unido al baile de la sociedad en Marlott—el forastero de paso que había venido no sabía de dónde, había bailado con otras pero no con ella, y la había desdeñado, marchándose por su camino con sus amigos.
La avalancha de recuerdos que le trajo esta evocación de un incidente anterior a sus cuitas le produjo un desconcierto momentáneo, temiendo que, al reconocerla también, él descubriera de algún modo su historia. Pero este temor se desvaneció al no hallar en él ningún indicio de recuerdo. Vio poco a poco que, desde su primer y único encuentro, su rostro móvil se había vuelto más pensativo, y le había crecido el apuesto bigote y la