Así avanzó de granja en granja en dirección al lugar desde el cual Marian le había escrito, el cual estaba decidida a utilizar únicamente como último recurso, ya que la rigurosidad que se rumoreaba sobre él tenía poco de tentadora.
Primero preguntó por las clases de empleo más ligeras y, a medida que la aceptación en cualquiera de estas se volvía desesperada, solicitó después las menos ligeras, hasta que, empezando por las labores de lechería y avicultura que más le gustaban, terminó con las tareas pesadas y toscas que menos le agradaban: el trabajo en tierras de labor; un trabajo de una dureza tal, en verdad, que jamás habría ofrecido realizar por propia voluntad.
Hacia el segundo atardecer llegó a la irregular meseta o altiplanicie de greda, abombada de túmulos semiglobulares —como si Cibeles la de Muchos Pechos se extendiera allí boca arriba—, que se extendía entre el valle de su nacimiento y el valle de su amor.
Aquí el aire era seco y frío, y los largos caminos de carros aparecían blancos de polvo a las pocas horas de llover.
Había pocos árboles, o ninguno; los que habrían crecido en los setos vivos eran podados sin piedad junto con el espino por los arrendatarios, enemigos naturales de todo árbol, arbusto y matorral.
En la distancia media, frente a ella, podía ver las cumbres de Bulbarrow y de Nettlecombe Tout, y le parecieron amigables. Tenían un aspecto bajo y modesto desde estas tierras altas, aunque, al aproximarse a ellas por el otro lado, desde Blackmoor en su infancia, sealzaban como imponentes bastiones contra el cielo.
Hacia el sur, a muchas millas de distancia, y más allá de las colinas y crestas en dirección a la costa, podía discernir una superficie como de acero bruñido: era el Canal de la Mancha en un punto muy mar adentro hacia Francia.