—Mi abuelo solía ir a ver al Conjurador Mynterne, allá en Owlscombe, y era un hombre muy capaz, según le he oído decir a mi abuelo —continuó el señor Crick—. ¡Pero ya no quedan personas tan genuinas hoy en día!
La mente de la señora Crick se mantenía más cerca del asunto en cuestión.
—Tal vez alguien en la casa esté enamorado —dijo tentativamente—. He oído contar en mis años mozos que eso suele provocarlo. Vaya, Crick, aquella criada que tuvimos hace años, ¿te acuerdas?, y cómo entonces la mantequilla no salía...
—¡Ah, sí, sí!, pero no es eso lo que importa. No tuvo nada que ver con los amoríos. Me acuerdo perfectamente de todo; fue el daño a la mantequera.
Se volvió hacia Clare.
—Jack Dollop, un hijo de puta de mil pares de narices que tuvimos aquí de ordeñador una temporada, señor, le anduvo cortejando a una moza allá en Mellstock, y la engañó como había engañado a tantas otras antes. Pero con esta se topó con otra clase de mujer, y no era la muchacha misma. Un Jueves Santo de entre todos los días del calendario, nos hallábamos aquí tal como podríamos estarlo ahora, solo que no había faena de mantequilla entre manos, cuando vimos venir a la madre de la muchacha hacia la puerta, con un gran paraguas de mango de latón en la mano que habría tumbado a un buey, y diciendo: «¿Trabaja Jack Dollop aquí?, ¡porque le necesito! ¡Tengo una cuenta pendiente con él, se lo aseguro!». Y un poco más atrás de su madre caminaba la joven de Jack, llorando a lágrima viva en su pañuelo. «¡Oh, Señor, ya nos llegó la hora!», dijo Jack, asomándose a la ventana para mirarlas. «¡Me va a asesinar! ¿Dónde me meteré?, ¿dónde me...? ¡No le digáis dónde estoy!». Y con eso se metió a gatas en la trampilla de la mantequera y se encerró dentro, justo cuando la madre de la joven reventaba a entrar en la