encima de estos —la clase a la que habían pertenecido el padre y la madre de Tess— e integrada por el carpintero, el herrero, el zapatero, el buhonero, además de otros trabajadores indefinidos que no eran peones agrícolas; un grupo de personas que debía cierta estabilidad de propósito y conducta al hecho de ser arrendatarios vitalicios como el padre de Tess, enfiteutas o, en ocasiones, pequeños propietarios libres. Pero a medida que los antiguos contratos vencían, rara vez volvían a alquilarse a inquilinos similares, y en su mayoría eran derribados, a menos que el granjero los necesitara absolutamente para sus peones. Los aldeanos que no trabajaban directamente la tierra eran mal vistos, y el destierro de unos ahogaba el comercio de otros, que se veían así obligados a marchar. Estas familias, que en el pasado habían constituido la columna vertebral de la vida de la aldea, que eran las depositarias de las tradiciones aldeanas, tuvieron que buscar refugio en los grandes centros; un proceso que los estadísticos denominan jocosamente «la tendencia de la población rural hacia las grandes ciudades», siendo en realidad la tendencia del agua a fluir cuestar arriba cuando es impulsada por maquinaria.
Como el alojamiento en las chozas de Marlott se había visto considerablemente reducido de este modo por las demoliciones, el agricultor necesitaba todas las casas que seguían en pie para sus trabajadores. Desde que ocurriera el suceso que había arrojado semejante sombra sobre la vida de Tess, la familia Durbeyfield (cuyo linaje no era creído) había sido considerada tácitamente como una de las que tendrían que irse al terminar su contrato de arrendamiento, si no por otra cosa, por el bien de la moralidad. Era, en verdad, muy cierto que el hogar no había sido un brillante ejemplo ni de templanza, ni de sobriedad, ni de castidad. El padre, y aun