“N’—no lo sé”.
Él le había permitido soltarse; y al cabo de uno o dos minutos se reanudó el ordeño de cada cual. Nadie había contemplado la gravitación de los dos en uno; y cuando el vaquero pasó por aquel rincón protegido unos minutos más tarde, no quedaba ni rastro que revelara que aquella pareja tan marcadamente separada era algo más para el otro que meros conocidos.
Sin embargo, en el intervalo transcurrido desde la última vez que Crick los había visto, había sucedido algo que cambiaba el eje del universo para sus dos naturalezas; algo que, de haber conocido su índole, el vaquero habría despreciado, en tanto que hombre práctico; pero que se basaba en una tendencia más terca e irreductible que todo un montón de supuestas cuestiones prácticas.
Se había descorrido un velo de un manotazo; el campo visual de cada uno iba a tener en adelante un nuevo horizonte—por poco tiempo o por mucho.