puertecilla por la que la pareja acababa de salir se encontraba en el muro de esta estructura. Desde el centro del edificio se elevaba contra el horizonte oriental una fea torre octogonal de cima plana que, vista desde este lugar, en su cara sombreada y a contraluz, parecía la única mancha en la belleza de la ciudad. Sin embargo, era con esta mancha, y no con la belleza, con lo que los dos observadores estaban relacionados.
Sobre la cornisa de la torre había fijado un alto asta. Sus ojos estaban clavados en ella.
Unos minutos después de que hubiera dado la hora, algo ascendió lentamente por el asta y se extendió al soplo de la brisa. Era una bandera negra.
Se hizo «justicia», y el Presidente de los Inmortales, según la frase esquilea, había terminado su juego con Tess. Y los caballeros y damas d’Urberville seguían durmiendo en sus tumbas, ajenos a todo.
Los dos mudos espectadores se inclinaron hacia la tierra, como en oración, y permanecieron así un largo rato, absolutamente inmóviles; la bandera seguía ondeando en silencio.
Tan pronto como tuvieron fuerzas, se levantaron, volvieron a unirse las manos y siguieron adelante.