Tres semanas después de la boda, Clare se encontró bajando la colina que conducía a la conocida rectoría de su padre.
A medida que descendía, la torre de la iglesia se recortaba contra el cielo vespertino a modo de interrogante sobre el motivo de su visita; y ni una sola persona viviente en la penumbrosa localidad parecía reparar en él, y mucho menos esperarle.
Llegaba como un fantasma, y el sonido de sus propios pasos era casi una carga de la que deshacerse.
El cuadro de la vida había cambiado para él. Antes de ese momento solo la había conocido de manera especulativa; ahora creía conocerla como un hombre práctico, aunque tal vez aún no fuera así. Sin embargo, la humanidad se le presentaba ya no con la melancólica dulzura del arte italiano, sino con las posturas estrambóticas y macabras de un museo Wiertz, y con la mueca burlona de un estudio de Van Beers.
Su conducta durante estas primeras semanas había sido errática de manera indescriptible. Tras intentar maquinalmente continuar con sus planes agrícolas como si nada inusual hubiera ocurrido, del modo recomendado por los grandes y sabios de todas las épocas, llegó a la conclusión de que muy pocos de aquellos grandes y sabios hombres habían salido jamás tanto de sí mismos como para poner a prueba la viabilidad de sus consejos. > «Esto es lo principal: no te turbes», dijo el moralista pagano. Esa era precisamente la opinión de Clare. Pero estaba