con ella a la luz del fuego, ya que las velas de la mesa de la cena eran demasiado tenues y mortecinas como para competir con su fulgor.
—Lamento mucho que hayas tenido que enterarte de esta triste historia sobre las muchachas —dijo—. Aun así, no dejes que te deprima. Retty era naturalmente enfermiza, ya sabes.
—Sin el menor motivo —dijo Tess—. Mientras que los que tienen motivos para estarlo lo ocultan y fingen que no lo están.
Este incidente había inclinado la balanza para ella.
Eran muchachas sencillas e inocentes sobre las que había caído la desdicha del amor no correspondido; se habían merecido algo mejor por parte del Destino. Ella se había merecido algo peor—y, sin embargo, era la elegida.
Era malvado por su parte aceptarlo todo sin pagar. Pagaría hasta el último céntimo; lo contaría, allí mismo. A esta determinación final llegó cuando miró al fuego, mientras él le sostenía la mano.
Un brillo constante procedente de las brasas ya sin llama teñía con su color los laterales y el fondo de la chimenea, así como los relucientesamorillos y las viejas tenazas de latón que no llegaban a juntarse. La parte inferior de la balda de la chimenea estaba encendida por aquella luz intensa, al igual que las patas de la mesa más cercana al fuego. El rostro y el cuello de Tess reflejaban la misma calidez, que cada gema transformaba en una Aldebarán o en una Sirio—una constelación de destellos blancos, rojos y verdes que intercambiaban sus tonalidades con cada latido suyo.
—¿Recuerdas lo que nos dijimos esta mañana sobre hablarnos de nuestros defectos? —preguntó abruptamente, al ver que ella seguía inamovible.