Cuando se fue la última libra, quedó por considerar un comentario de Angel en el sentido de que, siempre que necesitara más recursos, debía acudir a su padre.
Pero cuanto más pensaba Tess en dar el paso, más reacia se sentía a darlo. El mismo pudor, orgullo, falsa vergüenza, como quiera que se llamara, por causa de Clare, que la había llevado a ocultar a sus propios padres la prolongación del distanciamiento, le impedía confesar a los de él que estaba pasando necesidad tras la generosa asignación que le había dejado.
Probablemente ya la despreciaban; ¡cuánto más la despreciarían en el papel de mendiga! El resultado fue que, por ningún medio, la nuera del pastor pudo obligarse a sí misma a hacerle saber su situación.
Su reticencia a comunicarse con los padres de su marido tal vez disminuyera con el paso del tiempo, pensaba, pero con los suyos propios ocurría lo contrario.
Al marchar de la casa de estos tras la breve visita posterior a su boda, ellos se quedaron con la impresión de que ella iba a reunirse finalmente con su esposo; y desde entonces hasta el presente no había hecho nada para alterar la creencia de estos de que ella aguardaba el regreso de él holgadamente, albergarando la vana esperanza de que su viaje a Brasil resultara ser solo una estancia corta, tras la cual vendría a buscarla, o de que le escribiría para que se reuniera con él; en cualquier caso, de que pronto presentarían un frente unido ante sus familias y el mundo.
Esta esperanza aún la abrigaba. Hacer saber a sus padres que era una esposa abandonada, dependiente, ahora que había aliviado sus necesidades, de sus propias manos para ganarse la vida, tras la pompa de un matrimonio que iba a anular el fracaso del primer intento, sería ya demasiado.
El juego de brillantes volvió a su mente. Dónde los había depositado Clare, ella no lo sabía, y poco importaba, si era verdad que solo podía