mesa, un tanto toscamente provista, del lechero. Pero ninguno de los dos ancianos había llegado, y no fue hasta que los hijos estuvieron casi cansados de esperar cuando entraron sus padres. La abnegada pareja se había estado ocupando de estimular el apetito de algunos de sus feligreses enfermos, a quienes, de manera un tanto incoherente, intentaban mantener aprisionados en la carne, mientras que sus propios apetitos habían quedado por completo en el olvido.
La familia se sentó a la mesa, y se sirvió ante ellos una comida frugal a base de viandas frías. Angel buscó con la mirada las morcillas de la señora Crick, que había encargado que se asaran bien a la parrilla como las preparaban en la lechería, y de las cuales deseaba que su padre y su madre supieran apreciar los maravillosos sabores a hierbas tanto como los apreciaba él mismo.
—¡Ah! buscas las morcillas, querido hijo —observó la madre de Clare—.
«Pero estoy segura de que no te importará prescindir de ellas, como estoy segura de que a tu padre y a mí tampoco nos importa, cuando sepas el motivo. Le sugerí que lleváramos el amable obsequio de la señora Crick a los hijos del hombre que no puede ganar nada ahora mismo debido a sus ataques de delirium tremens; y él estuvo de acuerdo en que sería una gran alegría para ellos; así que lo hicimos».
—Por supuesto —dijo Angel alegremente, buscando la hidromiel con la mirada.
—Encontré la hidromiel tan sumamente alcohólica —continuó su madre—, que no era apta en absoluto para ser consumida como bebida, pero tan valiosa como el ron o el brandy en caso de emergencia; así que la he guardado en mi botiquín.
—En esta mesa nunca bebemos licores, por principio —añadió su padre.