Clare se levantó a la luz de un amanecer ceniciento y furtivo, como si estuviera asociado con un crimen. La chimenea lo enfrentó con sus brasas extintas; la mesa de la cena dispuesta, sobre la cual estaban las dos copas llenas de vino sin probar, ahora deslucidas y turbias; el asiento desocupado de ella y el suyo propio; los demás muebles, con su aspecto eterno de no poder evitarlo, su intolerable pregunta de qué iba a hacerse?
Desde arriba no se oyó ningún sonido; pero en pocos minutos llamaron a la puerta. Recordó que sería la mujer del vecino, la cual debía atender a sus necesidades mientras permanecieran allí.
La presencia de una tercera persona en la casa resultaría sumamente incómoda en ese momento y, estando ya vestido, abrió la ventana y le comunicó que ellos mismos se apañarían esa mañana. Ella llevaba una lata de leche en la mano, la cual él le indicó que dejara en la puerta.
Cuando la lechera se hubo marchado, él buscó combustible en las dependencias traseras de la casa y encendió rápidamente un fuego. Había abundancia de huevos, mantequilla, pan y demás en la despensa, y Clare pronto tuvo el desayuno servido, pues sus experiencias en la granja lo habían vuelto diestro en los preparativos domésticos.
El humo de la leña encendida se elevaba desde la chimenea del exterior como una columna con capitel de loto; la gente del lugar que pasaba por allí lo veía, pensaba en los recién casados y envidiaba su felicidad.
Angel lanzó una última mirada a su alrededor, y luego, acercándose al pie de la escalera, llamó con voz convencional:—
“¡El desayuno está listo!”